La Fiesta del libro y la cultura 2014 de la ciudad de Medellín tiene como tema central las fronteras. Para una de sus publicaciones, escribí el siguiente texto:
COMPLICIDAD DE LAS FRONTERAS
La palabra frontera evoca
hoy en mí la hermosa voz de mi padre, que se gastó contando esas largas
historias que construyeron la Colombia del siglo XX. “En el buen sentido de la
palabra, bueno”, como calificó Antonio Machado su condición de hombre, trabajó
desde la adolescencia, siempre más amigo de la previsión que de la aventura. Cuando
su salud se quebró, junto a mi hermana, excelente médica, yo, médico en
retirada, luché semana tras semana contra una frontera impuesta a todos los
colombianos. Empeñados en vencer un ordenamiento en el que lo más importante es
que la ganancia del intermediario se sostenga o crezca, transitamos oficinas,
consultorios, hospitales, laboratorios, intentando que una serie de pequeñas
decisiones se tomaran a tiempo y de la mejor manera posible. Y tuvimos éxito la
mayoría de las veces. Para conseguirlo rogamos, mentimos, adulamos, pedimos
favores, abusamos de amigos y conocidos, pagamos cuando teníamos y cuando no
teníamos que hacerlo, corrimos, guardamos la rabia tras una sonrisa idiota,
insultamos y, una que otra vez, lloramos de impotencia. Descubrimos muchos
buenos profesionales de la salud, también algunos que son tan conscientes de
que el sistema es corrupto, que obran desde esa corrupción. Desnaturalizada la
función del médico, mal pago y trabajando más horas de las que tiene el día
para sumar un salario decente, nos dieron recomendaciones y medicamentos para
el paciente que no era mi padre, nos hicieron avergonzar de ser médicos y
renegar del orgullo ancestral y del canibalismo que nos impiden defender
nuestra profesión y la salud de todos.
Esa frontera que
traicioneramente llaman “sistema de salud” es muy difícil de vencer y cada
derrota que sufríamos acercaba a mi padre a la otra frontera, la definitiva, a
esa que la enfermedad y los procesos naturales estaban señalando. Hace dos años
fracasamos, una frontera nos arrinconó contra la otra. Hoy sigo creyendo que es
injusto y brutal que en Colombia haya que luchar tanto para que alguien, todos,
sigamos vivos. Te sacrificas para asegurar un servicio esencial y un trato
digno, y terminas recibiendo de poderes que no te reconocen, porque solo
reconocen las ganancias, un acto de caritativa soberbia.
En publicaciones de
este tipo los escritores solemos ser cultos, ingeniosos, incluso ligeramente
frívolos. Sé que sería más elegante hablar de visas y escuelas literarias, me
gustaría hacerlo. Pero no, hoy no. Extraño mucho la inteligente sonrisa de mi
padre.
La narrativa de Octavio Escobar Giraldo (Manizales, 1962) es harto conocida en los programas de literatura de las universidades colombianas. La naturaleza experimental y fragmentaria de El último diario de Tony Flowers (1995) –cuyo protagonista se llama igual al poeta colombo-español Antonio María Flórez, compañero de Escobar Giraldo en la medicina y el baloncesto– y de El álbum de Mónica Pont (2003), llamó la atención de académicos de la talla de Luz Mary Giraldo, Orlando Mejía y Jaime Alejandro Rodríguez. Posmodernidad e influencia mediática son los conceptos repetidos una y otra vez en los estudios sobre la propuesta estética del antiguo cine-clubista. Hasta ahí, nada fuera de lo común. Sin embargo, Escobar Giraldo, en sus dos últimos libros publicados en Colombia, tuvo el acierto no menor de dejar atrás las arandelas conceptuales y volver al tono escritural, acorde con el talante de un ficcionista a centímetros de alcanzar la plena madurez, de Saide (1995), noveleta policiaca que a pesar de haber sido premiada pasó casi sin dejar rastro.
Considero afortunado el cambio de registro por una sencilla razón: Cielo parcialmente nublado (2013) y Destinos intermedios (reeditada en 2014 por Intermedio) dan un paso adelante en el aprovechamiento del universo cinematográfico. El hábil entramado de los diálogos y el montaje –palabra cara para los cineastas– potencian el discurso narrativo. No hay asuntos afines con las anteriores novelas del manizalita. No abordan las obsesiones de escritores excéntricos. Enfrentan con destreza la violencia endémica del país. La primera de una manera que recuerda al Coronel no tiene quien le escriba: no hay un solo tiro en el volumen y sin embargo la bestia condiciona hasta al más pequeño acto. En la segunda sí suenan los balazos. No obstante, son los hechos, no los adjetivos, los encargados de señalar el concubinato de la política con el narcotráfico. Los comentarios de la prensa española a la primera edición de Destinos intermedios resaltan dichas virtudes.
Ni la Violencia bipartidista ni el narcotráfico ni, mucho menos, el binomio insurgencia y paramilitarismo han sido retratados con eficacia histórica y literaria. Han provocado, eso sí, un tsunami bibliográfico de mediana y baja calidad. El oleaje arrastra de todo, desde la exitosa historia en clave de balada de una asesina a sueldo hasta las confesiones de tálamo de las amantes de Pablo Escobar y Carlos Castaño. Quizá el problema radique en la escogencia de los personajes. A lo mejor sea necesario prescindir de capos y maleantes concretos, permitir a la irracionalidad propiciada por el dinero fácil hacer de las suyas en las páginas, tal como lo hace en la Colombia profunda. No lo sé. Al menos esa es la apuesta de Octavio Escobar Giraldo. En las 152 cuartillas de Destinos intermedios la barbarie altera la vida de quienes encuentra en el camino. Algunos la sufren en carne propia: el sino de Paula Cristina y Érica cambia en un parpadeo mientras calman el hambre en un restaurante a borde de carretera. Otros se benefician de ella, trocándose en cómplices inocentes: una intervención quirúrgica, pagada por Ángel Espejo, un traqueto de pistola rápida, salva la vida de la esposa de su hermano, el cuentachistes Salvador Espejo. El narco grande y el cacique político siempre quedan tras bambalinas, mueven los hilos de la vida y la muerte lejos de los reflectores. Se materializan en el fajo de billetes o en la descarga de metralla. Cualquier parecido con la realidad no es coincidencia, y por ello la novela de Octavio Escobar Giraldo merece ser leída.
He publicado en Virajes, revista de de Antropología y Sociología de la Universidad de Caldas, un artículo sobre las canciones que algunos denominan social-protesta. En este vínculo pueden leerlo (http://virajes.ucaldas.edu.co/downloads/Virajes15(1)_2.pdf) sin los videos que aquí les propongo.
SON CINCO MINUTOS
En una filmación en blanco y negro que cualquiera puede hallar en youtube, el cantautor chileno Víctor Jara (1932-1973), notoria víctima de la dictadura militar de Augusto Pinochet, se refiere a la canción de la que procede el título de este artículo: “Es una canción que habla del amor de dos obreros, dos obreros de ahora, de esos que usted mismo ve por las calles, y a veces no se da cuenta de lo que existe dentro del alma de dos obreros de cualquier fabrica, en cualquier ciudad, en cualquier lugar de nuestro continente”.
Décadas después, un disco que recopila lo que la carátula pregona como música social-protesta, incluye clásicos del “género” como Me gustan los estudiantes, de Violeta Parra (1917-1967), interpretado por Mercedes Sosa (1935-2009), y Si se calla el cantor de Horacio Guarany (1925), pero también la Cantata de la planificación familiar de Les Luthiers. Es innegable que cualquier iniciativa que fomente el coito responsable y, en ese orden de ideas, la práctica de la sexualidad por motivos diferentes a la reproducción de la especie, tiene un efecto emancipador, pero tal elección induciría desconfianza en muchos de los aficionados a lo que algunos denominan “música de primer semestre”, y los haría pensar que la presencia del grupo argentino tiene fines mercadotécnicos, y es poco probable que estén equivocados. Lo que sí es probable es que en sociedades cerradas, en las que existan serias limitaciones para el desarrollo personal autónomo, nada exótico en Latinoamérica, su desopilante mensaje pueda ser tan liberador como, por ejemplo, Palabras para Julia, interpretación de Paco Ibáñez (1934) de un poema de José Agustín Goytisolo (1928-1999) dedicado, con cierto propósito didáctico, a su hija (“Un hombre solo, una mujer / así tomados de uno en uno / son como polvo, no son nada”). Goytisolo e Ibáñez fueron antifranquistas declarados y se asume entonces que detrás de cada una de sus expresiones artísticas hay un impulso contestatario, mientras algunas personas pueden recordar que al general Videla le gustaba ir a ver los espectáculos de Les Luthiers y pasaba a los camerinos a saludar, para disgusto de sus integrantes del grupo. En la selección de la que estoy hablando hay dos canciones colombianas, Campesino de ciudad, composición de Cabas y de la Espriella que llevó a Leonor Gonzalez Mina, la Negra Grande de Colombia, al Festival de la OTI de 1975. Tan bien intencionada como rígida (“campesino naciste, campesino serás”), tal vez muchos preferirían que su lugar lo ocupara alguno de los “temas” –nunca mejor dicho– de Ana y Jaime. La otra es Cinco balas más de Pablus Gallinazus, pero interpretada por el mexicano Oscar Chávez, años después simpatizante del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y a quien el gobierno conservador de Felipe Calderón concedió el Premio Nacional de Ciencias y Artes en el aérea de Artes y Tradiciones Populares en 2011.
El espectro de lo social-protesta es tan amplio y tan subjetivo como cualquier otro, podría decirse que tan democrático, y una u otro licencia autoriza, por ejemplo, el que muchos grupos de rock, pese a ser desde su origen manifestaciones del Imperio, representen también una reivindicación válida, vía rebeldía juvenil, contracultura y oposición a la guerra de Vietnam y al intervencionismo norteamericano. Por ese camino una vasta lista de nombres: Joan Baez, Rolling Stones, The Doors, Cat Stevens (o Yusuf Islam), Greatful Dead, Carole King, Simon And Garfunkel y un largo etcétera que incluye hasta óperas –Hair (Ragni, Rado y MacDermot, 1968), Jesus Christ Superstar (Webber y Rice, 1971)–, comparten escenario con Silvio Rodríguez o los integrantes de Quilapayún, los ya poco citados intérpretes de la Cantata de Santa María de Iquique del músico Luis Advis (1935-2004), que narra el genocidio perpetrado por el gobierno chileno a principios del siglo XX contra miles de trabajadores del salitre, en ese momento en huelga. Semejante complacencia puede abarcar incluso a The Beatles, gracias a que una de sus canciones, Give Peace a Change, forma parte de la banda sonora de The Strawberry Statement (1970), la más célebre de las películas que narran las revueltas estudiantiles en las universidades norteamericanas en los años sesenta, y que también contribuyó a la popularidad entre los grupos militantes latinoamericanos de Crosby, Still, Nash and Young y la cantautora Joni Mitchell, y que se extiende a los protagonistas de lo que algunos denominan “la década prodigiosa”, omnipresente gracias a fenómenos tan publicitados como el Mayo Francés, relacionados con o sin razón con figuras icónicas como Ernesto Che Guevara (1928-1967)[1], inmortalizado en consignas, afiches y rimas tan consonantes como la de Carlos Puebla (1917-1989): “Aquí se queda la clara,/ la entrañable transparencia,/ de tu querida presencia,/ Comandante Che Guevara”, que han sido interpretadas por figuras disímiles como Compay Segundo, Enrique Búmbury y Celso Piña. Curiosamente la valoración de Charly García (1951), el rockero argentino que sobrevivió a la dictadura militar sin dejar de fustigarla, a través de canciones influidas por los movimientos literarios vanguardistas de principios del siglo XX –revolucionarios en el más profundo de los sentidos–, no es tan unánime, y si uno pregunta a la antigua juventud comprometida por Los Prisioneros, el grupo de rock chileno activo desde 1979 con composiciones poco complacientes con la fase tardía del gobierno Pinochet, es probable que el gesto sea de indiferencia o desagrado.
Como cada revolución, cada protesta, es esencialmente individual, pese al énfasis en lo social y a las marchas y los coros a voz en cuello[2], reconocer las canciones que acompañaron y siguen acompañando el compromiso, resulta difícil. En el disco del que he hablado también está Piero (1945), con un reclamo obviamente combativo, Qué se vayan ellos, pero un amplio grupo de aficionados a lo social-protesta odia al cantautor argentino, y otros muchos detestan a su compatriota Alberto Cortéz (1940) por cantarle a un perro callejero con una sensibilidad que bordea la sensiblería o la rebasa. Para muchos es igualmente difícil aceptar que Melina, una canción de Camilo Sesto (1946) que enaltece a Melina Mercouri (1920-1994), la actriz griega ganadora de premio en el Festival de Cannes en 1960, y una luchadora incansable contra la junta militar que gobernó a su país entre 1967 y 1974, represente un gesto de protesta, cuando suena noche tras noche en los retrobares, gritada por los adolescentes de hoy que quieren revivir los éxitos del pasado. El caso contrario es el de Joan Manuel Serrat (1943). Cuando le escribe al Mediterraneo, nadie considera su canción una expresión eurocentrista, y cuando es inequívocamente romántico conserva la aureola revolucionaria, en parte por su alta calidad literaria. Responsable de la difusión de los poemas de dos figuras emblemáticas de la cultura española de la primera mitad del siglo XX, Antonio Machado (1975-1939) y Miguel Hernández (1910-1942), ambos víctimas del franquismo, su inspiración y su vigencia son indiscutibles. Un caso similar, aunque de muy distinto ritmo, es el de Rubén Blades (1948), capaz de dar a lo social-protesta la gozosa cadencia de la salsa[3].
Si se aceptara la explicación de Víctor Jara como una especie de poética del género, creo que el cantautor carioca Chico Buarque (1944) consiguió su más artístico momento en Construcción, poema que forma parte del disco del mismo nombre, prensado en 1971, en plena dictadura militar brasileña. Su primera parte dice así::
Amó aquella vez como si fuese última besó a su mujer como si fuese última y a cada hijo suyo cual si fuese el único y atravesó la calle con su paso tímido subió a la construcción como si fuese máquina alzó en el balcón cuatro paredes sólidas ladrillo con ladrillo en un diseño mágico sus ojos embotados de cemento y lágrimas
sentóse a descansar como si fuese sábado comió su pan con queso cual si fuese un príncipe bebió y sollozó como si fuese un náufrago danzó y se rió como si oyese música y tropezó en el cielo con su paso alcohólico y flotó por el aire cual si fuese un pájaro y terminó en el suelo como un bulto fláccido y agonizó en el medio del paseo público murió a contramano entorpeciendo el tránsito
He aquí al obrero incomprendido del cantautor chileno, descrito a través de los versos traducidos por el también cantautor uruguayo Daniel Viglietti (1939). El subsiguiente juego de variaciones y transposiciones, también desprovistas de puntuación y de mayúsculas, da al conjunto, profundamente rítmico, una carga irónica que multiplica sus posibles interpretaciones.
amó aquella vez como si fuese el último besó a su mujer como si fuese única y a cada hijo suyo cual si fuese el pródigo y atravesó la calle con su paso alcohólico subió a la construcción como si fuese sólida alzó en el balcón cuatro paredes mágicas ladrillo con ladrillo en un diseño lógico sus ojos embotados de cemento y tránsito
sentóse a descansar como si fuese un príncipe comió su pan con queso cual si fuese el máximo bebió y sollozó como si fuese máquina danzó y se rió como si fuese el próximo y tropezó en el cielo cual si oyese música y flotó por el aire cual si fuese sábado y terminó en el suelo como un bulto tímido agonizó en el medio del paseo náufrago
murió a contramano entorpeciendo el público
amó aquella vez como si fuese máquina besó a su mujer como si fuese lógico alzó en el balcón cuatro paredes flácidas sentóse a descansar como si fuese un pájaro y flotó en el aire cual si fuese un príncipe y terminó en el suelo como un bulto alcohólico murió a contramano entorpeciendo el sábado
Artísticamente incuestionable, esta elaboración literaria en la que se alternan y sustituyen circunstancias y taras sociales, sirve a Chico Buarque para condenar al obrero a la locura y la muerte, debido a las presiones y la insensibilidad de sistema capitalista, ese que todavía deben combatir los cantautores que quedan a uno y otro lado del Atlántico[4]. Como composiciones de muchos otros: León Gieco, Victor Manuel, Patxi Andion, Ana Belén, Alfredo Zitarrosa, Pablo Milanés, Carlos Mejía Godoy, Isabel Parra, Lluís Llach, Atahualpa Yupanqui, Construcción suena cada vez menos y en contextos cada vez más específicos.
Víctor Jara escribió en Te recuerdo Amanda: “Son cinco minutos, / la vida es eterna en cinco minutos”. También la revolución y la esperanza. Y la canción.
[1] El cantautor español Ismael Serrano (1974) se refiere así a él: “Papa, cuéntame otra vez, esa historia tan bonita,/ de aquel guerrillero loco que mataron en Bolivia,/ y cuyo fusil ya nadie se atrevió a tomar de nuevo/ y cómo desde aquel día todo parece más feo”, en una canción (Papa cuéntame otra vez, incluida en el CD Atrapados en azul, Polygram Ibérica S.A., 1997) que escribió junto a su hermano Daniel, en la que se burla del Mayo Francés y los Sesenta.
[2] A la capacidad alienante de la música se refiere el escritor francés Pascal Quignard en un tratado que recuerda cómo la usaban los nazis en los campos de concentración: “La música viola el cuerpo humano. Hace poner de pie. Los ritmos musicales fascinan los ritmos corporales. Cuando se encuentra con la música, la oreja no puede taparse. La música, al ser un poder, se asocia de hecho a todo poder. Su esencia es la desigualdad”, y se apoya en los recuerdos de Primo Levi de los presos del Tercer Reich: “Sus almas están muertas y es la música la que los empuja, otorgándoles voluntad, como el viento lo hace con las hojas secas”. También cita a Tolstoi: “Allí donde se quiera tener esclavos, es necesaria la mayor cantidad de música posible”, y al historiador griego Tucídides: “La música no está destinada para inspirar a los hombres en trance, sino para permitirles marchar y permanecer en estrecho orden”. (Extractos de Pascal Quignard, El odio de la música, Revista Universidad de Antioquia 268, abril-junio de 2002. Traducción de Pablo Montoya)
[3] Ya en 1954 otro ritmo de estirpe caribeña había llevado la “protesta” al extremo, subvirtiendo incluso la ilusión proletaria: “A mí me llaman el negrito del batey / Porque el trabajo para mí es un enemigo / El trabajar yo se lo dejo todo al buey / Porque el trabajo lo hizo Dios como castigo”, cantó Alberto Beltrán el merengue de Medardo Guzmán, que agrega en el coro: “Porque eso de trabajar / A mí me causa dolor”.
[4] Uno de ellos, el extremeño Luis Pastor (1952), escribió en su reciente éxito ¿Qué fue de los cantautores?: “¿Qué fue de los cantautores? / aquí me tienen señores / aún vivito y coleando / y en estos versos cantando / nuestras verdades de ayer / que salpican el presente / y la mierda pestilente / que trepa por nuestros pies”.
Hace cinco años, mi madre y Verónica
Franco formaban parte del coro que apoyaría a los solistas y la Orquesta
Sinfónica de Colombia en la interpretación del Oratorio de Navidad BWV 248 de Johann Sebastian Bach en la capilla
de un colegio de la arquidiócesis que mira a Bogotá desde una de las cimas de
los cerros orientales. Hacía tres semanas la recogíamos casi todas las tardes
en el edificio de Chapinero alto en donde se quedaba –quizá vive todavía en
Cali– y las dejaba frente a la Biblioteca Luis Ángel Arango, en uno de cuyos
salones ensayaban. Mi madre se posesionaba del asiento trasero desde que
salíamos de casa y me trataba como si yo fuera su chofer:
–Lo mereces –me recriminaba–. Yo
no conozco ningún otro muchacho que pierda once en estos días.
¿Qué podía responder? Mis
compañeros, hasta los sospechosos de retardo mental, andaban inscribiéndose en
la universidad mientras yo pensaba en cómo sobrevivir a un año más en el
colegio, sin asesinar al prefecto de disciplina. Y mis explicaciones no
satisfacían a nadie, ni a mí. La palabra “dejadez” fue la que prefirió mi
padre, en su opinión preservaba el honor familiar. A mi madre le gustó “pereza”,
y me convirtió en su auxiliar de servicios generales, para cobrármela. Creo que
ninguna de las dos expresiones incluye a la nena que primero me llevó a las
rumbas más salvajes, con gloriosos finales en su cama, y después me dejó en la
inmunda. Como me gustaba su madre, me refería a ella como La Hijueputable, un
término que la implicaba sólo y exclusivamente a ella.
Verónica Franco ya debe tener más
de cuarenta años y espero que siga siendo hermosa. Sus piernas se parecen a las
de Beyoncé, cuando Beyoncé no abusa de las hamburguesas y las papas fritas, y sabe
de música, ahora lo sé muy bien. La primera vez que la vi, le aclaró a mi madre
que en realidad sólo interpretarían unas partes del Oratorio de Navidad,
compuesto por seis cantatas que escribió Bach para acompañar los actos
religiosos de las diferentes festividades decembrinas:
–El día de la circuncisión
incluido –agregó.
–Eso es lo que se merece este
muchacho. –Aprovechó mi madre para comentar, con una sonrisa de asesino en
serie en su rostro mofletudo.
–Y esa cantata, la cuarta, es una
maravilla. Es en fa, y además de los oboes, intervienen las trompas. Es el
centro de toda la composición –afirmó Verónica Franco con los ojos fijos en mí,
dejando a sus labios jugar con las palabras.
A mediados de diciembre, Verónica
Franco mencionó que le habían regalado un gigantesco árbol de navidad y quería
adornarlo. Fuimos a tres centros comerciales. Mi madre alargó el proceso de
selección de los adornos, consciente de mi aburrimiento, incluso me obligó a
abrazar a un apestoso Santa Clauss que me llevaba como veinte centímetros de
estatura, y nos tomó unas fotos con su celular, para que mi humillación fuera
mayor. Tres horas después, satisfecha, llamó a mi padre y se invitó a comer en
un restaurante que huele a pescado muerto, que a ella le encanta.
–Lleva a Verónica a su
apartamento, o a donde ella necesite –sonrió–, y ayúdala a adornar el árbol.
Llega antes de las diez o no respondo –me advirtió con su tono maternal que era
sinónimo de amenaza.
Asentí. También Verónica.
La pregunta surgió después de un
largo silencio, mientras descendíamos de la circunvalar hacia el centro de la
ciudad.
–¿Puedo confesarte algo?
–Verónica se mordía el labio inferior.
–Por supuesto –respondió mi
madre, casi con alegría.
–Tengo un romance. –Simuló
arrepentimiento.
–¿De verdad? –A mi madre le
encantan los chismes y nunca le ha importado que yo los escuche. Creo, además,
que en ese momento consideraba que yo era su chofer y todo el mundo parece
creer que los choferes son ciegos y sordos.
–Sí. Con un hombre menor que yo
–admitió.
Mi madre se llevó la mano a la
boca y brotó los ojos, o algo por el estilo:
–¡No!
–Sí. Es un poco menor que yo
–corrigió, sonriente.
–¿Qué tanto? –Quiso saber mi
madre.
–Dos o tres años –mintió.
–Wir singen dir in deinem Heer
–repitió Verónica Franco.
–Esto de la pronunciación me parte
el alma –afirmó mi madre. Sus ojos repasaban la partitura mientras dejábamos
atrás el parque de los periodistas. –¿Qué significa?
–“Te cantamos a ti con todo
nuestro poder” –leyó la traducción.
–Fascinante. –Mi madre meneó la
cabeza–. ¿Y cómo va tu romance?
–¿Te interesa?
–¿Me interesa? ¡Claro que me
interesa! –Se quitó los lentes para leer.
–… Bien. A él lo controlan
muchísimo pero puede escaparse de vez en cuando. Es más, no voy a entrar al
ensayo.
–¿Por qué?
–Nos vamos a ver en veinte
minutos, para él es más fácil a esta hora.
–¿En la Luis Ángel?
–No. En el apartamento.
–¿Es bueno contigo? –Había
ternura en la voz de mi madre.
–Es maravilloso.
–Te felicito. No creo que
pudieras imaginar un mejor regalo de navidad –sonrió antes de ladrarme–: Me
dejas y llevas a Verónica. Recuerda estar aquí muy a las cinco.
–Sí, mein führer –demostré mis adelantos en el alemán.
–Me encantan tus chistes
–respondió maternal (sardónica).
Cuando bajó del carro, aceleré
rumbo a Chapinero alto.
–¿Sabes que quiero? Regalarle
ropa interior.
–¿Y qué ropa interior usa?
–preguntó mi madre con malicia.
–Le gustan los bóxer.
–A este badulaque también le
gustan los bóxer, se cree un modelo de Calvin Klein. Los compra, carísimos, en
un almacén en Unicentro, pero este año no merece nada. Llévanos a Unicentro
–ordenó.
Bogotá estaba totalmente
iluminada. Entre la necesidad del alcalde de congraciarse con la gente y los
entusiastas de la navidad –animados por el comercio organizado– habían
convertido las avenidas en un muestrario inmenso de luces multicolores. Desde
que tengo un poquito de uso de razón me molesta diciembre, me deprime esa
capacidad de los seres humanos para simular que están contentos. A muchos de
mis seguidores en twitter tampoco les gusta la hipocresía navideña; a la nena
que me dejó en la inmunda sí le gustaba. Hijueputable, en resumen.
Entramos al parqueadero y
recorrimos los corredores del centro comercial plagados de renos y musgos, de
vírgenes y pajas. Verónica Franco, asesorada por mi madre, escogió un bóxer
negro con un letrero amarillo en la parte frontal: Nuclear Material. Verónica
Franco lo pronunció en inglés, mi madre en español. Después decidieron tomarse
un café. Yo las acompañe con una limonada.
–Está cuidando la figura –se
burló mi madre.
Al final del concierto la gente
aplaudió muchísimo, yo también, convencido de que había vislumbrado mi futuro.
Verónica se iba tres horas más tarde y recogimos sus maletas para llevarla al
aeropuerto. Si el vuelo salía a tiempo, celebraría el 24 de diciembre en su
casa, no sé con quién.
–Les agradezco mucho a los dos
todo lo que hicieron por mí, de verdad.
–Corre, querida, te va a dejar el
avión –dijo mi madre. Esa parquedad indica que le tuvo cariño verdadero.
Un individuo uniformado se acercó,
feliz, para ayudarnos con el equipaje.
–En esta bolsa hay dos bobaditas
para ustedes –se despidió Verónica, estampándonos de a beso, embriagándome con
su perfume. La vimos superar una de las puertas, su cuerpo erguido, la mirada
al frente.
Mi madre tomó la bolsa y la abrió:
–Esto debe ser una camiseta. –Me
arrojó un paquete pequeño.
–Ábremelo, por favor. –Se lo
devolví, sospechando el contenido, y arranqué.
Los piensa Fowler, un veterano periodista inglés, protagonista de El americano impasible (The Quiet American, 1955):
"El tiempo tiene sus venganzas, pero las venganzas tantas veces resultan rancias. ¿No haríamos mucho mejor todos nosotros si no tratáramos de comprender, si aceptáramos el hecho de que ningún ser humano comprenderá jamás a otro, ni una mujer a su marido, ni un amante a su amante, ni un padre a su hijo? Quizá por eso los hombres inventaron a Dios: un ser capaz de comprender. Quizá, si quisiera ser comprendido o comprender, me atontaría hasta tener una religión; pero soy un reportero, y Dios sólo existe para los que escriben editoriales."
"He leído tantas veces descripciones de lo que piensa la gente en el momento del miedo: en Dios, en la familia, en una mujer. Admiro el dominio que tendrán de sí mismos. Yo no pensaba en nada, ni siquiera en la puerta de escotilla sobre mi cabeza; durante unos segundos deje de existir: era puro miedo."
Es
habitual que los libros de poesía tengan títulos eufónicos que
sugieran atmósferas y mundos, imágenes y obsesiones, pero que siembran muy
pocas seguridades en el lector. En las fronteras
del miedo es, por el contrario, un título que sitúa, que establece y que
amenaza, que reniega de la neutralidad con una impronta que podríamos calificar
de expresionista:
Una
mujer caída lo mira sin órbitas
desde
su pesadilla azufrosa
de
rasgados vientres deshabitados
Aquí
las ambigüedades son las connaturales al lenguaje, y el carácter elusivo del
poema abarca sus esencias y misterios más íntimos, pero no sus intenciones.
Antecedidos por un verso del recientemente desaparecido Álvaro Mutis, uno de
los poetas más admirados y estudiados por Antonio María, y que proviene de Noticias del Hades: “Vengo –me dijo- de
las heladas parcelas de la muerte”, sus seis partes -Arden las sombras, El
exilio, En las fronteras, El miedo, Destino y Postfacio-, recrean un itinerario
que comienza en el paraíso perdido de la infancia y termina con doce preguntas
que se difractan con un acento existencial que bebe en las dudas fundamentales
del ser humano, pero que también es expresión de un tiempo y un lugar, del
comienzo de un siglo y de la desazón convertida en puntos del mapa colombiano, en
memoria inmensa de olvidos e ignominias: Olivares, la 19, la Galería, el río
Cauca, Caquetá, Quindío, y también de un rumbo de exilios: Panamá, Kingston,
San Juan, Lisboa, Cádiz, Barcelona, que puede ser, además, y por odiosa
coincidencia, el tránsito de las horas por el cuerpo de un ser amado, tal vez
amado; amado en alguno de los sentidos de la palabra:
Era
el amor
en
los ojos de aquellos niños,
como
el crepúsculo,
lleno
de sueños.
Pero
los amores infantiles, acompañados de juegos y promesas, huyen como huyen sus
protagonistas, voces que a veces nos hablan, que a veces son narradas, que a
veces somos. En Exilio, segunda parte
del libro, asistimos a la postergación de la esperanza, tal vez a su fin:
Los
amantes emigran,
obligados
por el odio,
y
dejan en cada posada del camino
un
proyecto de vida
que
es fugaz y perpetuo
en las caricias ansiosas que se
profesan,
y en
los sueños que tejen cada noche
entre
las sábanas del miedo.
Poesía
sin concesiones, En las fronteras del miedo
está escrito con palabras que nos acarician con sus heridas, que saben que la
belleza es un mal necesario, y es inevitable relacionarlo con Desplazados del paraíso (2003), el libro
ganador del Premio Nacional de Poesía “Ciudad de Bogotá”, en el que a través de
alusiones eruditas que enriquecen el discurrir colombiano, vamos del campo a la
ciudad, de felicidades simples a un desarraigo con el que estamos tristemente
familiarizados. Y en ese mismo sentido, no es gratuito que las últimas páginas
de este volumen recién publicado por la Diputación de Badajoz en su prestigiosa
colección Alcazaba, nos regalen otro de los libros de Antonio María, Corazón de piedra (2011), que incluyó
por ejemplo, y en la misma tónica, el poema Y
allí dejan:
Y allí
dejan la huella
sobre
el polvo,
la
hierba húmeda
y el barro;
siempre
la misma medida de sus pasos,
la
idéntica certeza
de
un andar cansino
hacia lo desconocido
por
esa ruta que marca
la
certidumbre de un rastro sin dolientes,
de
un destierro sin objeto.
Idénticas
preocupaciones éticas, nacidas de un dolor genuino, individual y colectivo,
iluminan los tres libros, que en el caso de Corazón
de piedra pueden tomar la forma del diálogo, el registro de la conversación
entre un padre y su hijo. La muerte aparece una y otra vez como indagación y
certeza, aliada del tiempo que nos aleja de la infancia y el amor, y reverbera
hacia la vida misma, enfrentándonos a visiones que, insisto, podemos calificar
de existencialistas, con los silencios como ruta y el mar como felicidad
pasajera al final de unos viajes que son siempre metáfora.
Si
en Desplazados del paraíso brillaba
una luz en el poema 14:
Alguien
tendrá que detener esto.
Alguien,
no sé quién,
debería
abrir alguna puerta de su morada,
–su
corazón incluso–
y
generoso decir, a pesar de sus heridas:
–Entra,
esta es mi casa,
bebe de
mi agua
y
reposa para siempre de la huida
Y en
Corazón de piedra la esperanza
encarna en la voz siempre ávida de saber del niño, quien pregunta por la fe, la
muerte y también por Dios, atento a las revelaciones del padre. Ahora, aquí
leemos:
En esa
línea
también
cabe
la
esperanza
oscuramente.
Creo
entender que esa esperanza se alimenta del calor de las palabras, del límite, de
la frontera:
Es el
límite.
Desdoblada
imagen
de lo que fluye y es.
Sombra
fugaz
o turbia semilla.
Inalcanzable
fuente
tras los espejos.
Impura
ofrenda.
Tenaz
destino.
Y el límite, la frontera, ¿qué son? Si, como repite el poemario, "Vivir es lo que nos hace daño", tal vez la poesía sea el límite, la frontera, la felicidad de lo fugaz, la fugacidad de la sonrisa, sin olvidar, por supuesto, como también nos lo dice Antonio María que, para empezar hay que entender "La soledad como premisa del verso".
En el boletín de Libélula Libros, la selecta librería que hace las delicias de los lectores en Manizales, el fundador de la maravillosa editorial valenciana Pre-textos, comenta mi novela más reciente.
Octavio Escobar Giraldo es uno de esos
novelistas que me sorprende constantemente. Ahora, en lo que a mi sorpresa
respecta, le ha tocado el turno a su última novela, Cielo parcialmente
nublado, novela de carácter histórico que propone colateralmente una
semblanza emocional de Manizales. Su protagonista, exiliado en España desde
hace trece años, debe llevar a cabo un inevitable regreso a su pasado,
reclamado por la salud mental de su padre, víctima de la tensión sufrida por la
ciudadanía rasa durante los diálogos de paz entre el gobierno y las FARC en
1999. Pero aunque sea un asunto de amor el que lo llevara a España y un asunto
de (otro tipo de) amor el que lo devuelve a Colombia, lo cierto es que se
percibe un miedo latente en la relación del protagonista con su país natal.
Algo que, por otro lado, no es privativo
de él, pues en mayor o menor medida el temor a la violencia y la injusticia
mantienen en estado de alerta la conciencia colectiva de la galería de
secundarios que aparecen en la novela.
En
ese clima enrarecido se desarrolla una trama de recorrido lineal, estructura
sencilla y lenguaje diáfano. Porque más que de la historia, Cielo
parcialmente nublado es expresión de la intrahistoria. Así, los personajes
nada tienen de complejo ni de extraordinario; quiero decir: se trata de gente
llana que vive llevada por la cotidianeidad. Ni grandes acontecimientos ni
grandes caracteres, ni héroes ni antihéroes. Aquí se plantea, por decirlo de
algún modo, una ética y estética democráticas. Así lo demuestra que gran parte
de las argumentaciones se sustentan en diálogos, y que éstos fluyan como en una
escena cinematográfica, o que simulen la espontaneidad de una conversación en
directo. Con estos recursos, el autor consigue que la lectura resulte ágil,
habilidosa, fácil y muy grata.
Paralelamente, según he apuntado, la
trama encuentra la manera de maridar el carácter histórico con el sentimental.
El protagonista se enfrenta a fantasmas de su pasado que, ahora sí, dan relieve
y complejidad a su carácter. Así, el reencuentro con amigos, ex novias y
familiares remueve posos emocionales que le despiertan, para bien o para mal,
conflictos. Y quizá el mayor de todos lo sufra al enfrentarse a su ciudad,
Manizales, con la que mantiene un auténtico duelo interior: de la admiración al
odio, pasando por el sometimiento para llegar al amor. Un vínculo
extraordinario que lo preña todo de sentidos, o mejor: de puntos de fuga. Ése
es el corazón de esta novela, cuya lectura recomiendo encarecidamente. Entrada afín:http://destinosintermedios.blogspot.com/2013/05/cielo-parcialmente-nublado.html