domingo, 22 de febrero de 2015

DESPUÉS Y ANTES DE DIOS - Presentación de JORGE FRANCO

El pasado 19 de febrero, en la librería del FCE del Centro Cultural Gabriel García Márquez, el escritor Jorge Franco presentó en Colombia mi más reciente novela, Después y antes de Dios, 45 Premio Internacional de Novela Corta "Ciudad de Barbastro", publicada por Pretextos. A continuación sus palabras y las que resumen la intervención de Piedad Bonnett en el animado diálogo final.
(La foto es del también escritor Philip Potdevin, y la altiva cabeza blanca de la izquierda, la del poeta Juan Manuel Roca). 


Después y antes de Dios, de Octavio Escobar

Por Jorge Franco

 Sin desconocer que el lenguaje es la materia prima y la esencia de toda obra literaria, tengo la convicción, muy personal además, de que la magia de toda historia está en sus personajes. Más allá de las tramas y los argumentos, la credibilidad de lo que se cuenta está en quien lo hace, en quien vive las situaciones, en el tono que use para expresarse. Es un poco como la vida misma, donde quien tenga el poder de contar, el don de la convicción, hará posible cualquier historia por inverosímil que parezca. Así, cuando en un relato los personajes son bien logrados y consiguen hablarle al oído al lector, estos comienzan a salir de las páginas y a convertirse en lo que se dice comúnmente: en personajes reales. Esta mutación puede sonar un poco contradictoria cuando se entiende que la naturaleza propia de la literatura es la ficción y cuando, precisamente, uno de los más grandes esfuerzos por parte de autores es la construcción de universos propios y únicos, con personajes que rompan moldes y estereotipos. Es un proceso complejo en el que se busca engendrar personajes únicos sin que pierdan credibilidad, dueños de una humanidad que genere en el lector sentimientos y emociones. Un personaje bien logrado será el guía que lleve de la mano al lector por los laberintos de una trama, ya sea para mostrarle una verdad o incluso para tenderle una trampa; de su poder de convicción dependerá que el lector se deje llevar y lo recuerde, incluso más allá de la última página.
Y hay libros, más bien autores, que combinan con destreza la construcción de una buena trama con la creación de buenos personajes. Ese es el caso de Después y antes de Dios, de Octavio Escobar Giraldo, novela con la que conquistó en el 2014 el Premio Internacional de Novela Corta Ciudad de Barbastro y editada por Pre-Textos, y en la que un personaje excepcional, que a su vez actúa como narrador, nos lleva de la mano por los vericuetos y los pasadizos oscuros de una trama vertiginosa, en la que las sorpresas son frecuentes; un libro donde las páginas se devoran con avidez, sin dejar, eso sí, de degustar el sabor literario de cada renglón.
Después y antes de Dios nombra lo innombrable para una sociedad pacata, rigurosa en sus principios y que esconde los pecados debajo del tapete. Y al nombrarlo lo hace sin alharaca ni señalamientos, más bien con la desvergüenza de quien se acerca a un confesionario a liberarse de sus pecados, convencido de que con el perdón y la expiación se recuperan el sosiego y la dignidad. Así es el tono que usa Octavio Escobar para desarrollar un personaje tan potente que ni siquiera necesita nombre. De ella solo sabemos, al comienzo, que tiene un apellido intachable que le significa confianza y respeto. Pero a medida que la historia avanza el personaje se va desprendiendo de las capas que lo encubren y como quien pela una cebolla, esta mujer, poco agraciada, además, se va mostrando con valiente honestidad no solo para revelarse a sí misma, sino, en contraposición, para delatar a la sociedad de la que ella misma es parte, y que juzga y discrimina sin compasión a quienes transgreden las normas. El tono, ya lo dije, contribuye por su naturalidad y por su carácter íntimo a tomar distancia de cualquier provocación o crítica marcada por el resentimiento. Esta mujer, una “doctora” como todo colombiano que se vista relativamente bien y que ejerza un puesto de mando, es también el punto de conexión entre la sociedad que señala y la otra, la señalada o la que es simplemente diferente porque es mestiza, arrabalera y pobre. De este último grupo surge otro personaje entrañable, otra mujer, esta sí con nombre, Bibiana, una “indiecita” para los que señalan, y que en oposición al mundo gris y monótono de su patrona, enriquece esta historia con color y malicia, y con una vulgaridad deliciosa no solo calienta las páginas de esta novela, sino que contrasta el rigor de una cultura falsa a través de la sensibilidad, la sencillez y el riesgo de dejarlo todo para disfrutar del presente. Las dos mujeres desafían el destino, cada una a su manera; una su destino de mujer profesional y de buena familia, y la otra, la que tiene menos que perder pero que finalmente es quien más pierde, su destino de pobre, de discriminación y carencias, es decir, su ausencia de destino. Las dos se acompañan en una relación que podría llamarse amorosa, pero que está más cargada de adrenalina, de evasión y de riesgo que de las demostraciones convencionales del amor.
La misma adrenalina y el desarraigo, que son constantes en la novela, se le contagian al lector a través de una tensión muy bien manejada, de giros y sorpresas que surgen cuando toca, sin artificios, y con un lenguaje austero que es consecuente con la voz narradora, con el entorno y con su atmósfera enrarecida. No hay gratuidad en las situaciones ni en los personajes que ponen a andar esta historia. Todos están allí para cumplirle a la tragedia en su concepción más clásica, y también a la ironía, a la hipocresía, e incluso para reiterarle a esta mujer transgresora el riesgo de transitar en contravía en un entorno social donde la mayoría de las vías giran en un mismo sentido y en un país como el nuestro en el que las fuerzas oscuras, que tampoco son ajenas a esta historia, sobrevuelan a estos personajes como aves de mal agüero. Lo catastrófico es que esta mujer sabe del dominio de estas fuerzas y de la inercia del poder social al que pertenece y tal vez por eso, o también por su culpa, traza planes que no lleva a cabo y más bien se deja llevar por lo que vaya llegando y lo que decidan los demás.
Detrás de todo este andamiaje hay un arquitecto, Octavio Escobar, que supo encontrar un tono, narrar un entorno, crear una atmósfera y parir unos personajes patéticos y conmovedores para contar una historia que revela mucho de nuestra idiosincrasia. Después y antes de Dios no dejará lector indemne, sobre todo, porque los pecados, culpas y crímenes expuestos en esta historia son también los nuestros, aunque siempre estamos con el dedo erguido, listo a disparar, para buscar a quién endosárselos.


La novela Después y antes de dios, de Octavio Escobar, un thriller  con acentos bufos que agarra al lector desde la primera página, comienza con un hecho de sangre que da origen a una huida llena de tensión y divertidas peripecias. La historia, que tiene como protagonista a una fea mujer manizalita que combina la beatería con una dudosa moral, sirve en buena parte para señalar, mordazmente, los aspectos más oscuros de una sociedad tradicionalista y discriminadora.  Narrada en un tono que nos remite al cine de Tarantino o de los hermanos Coen, que saben mostrar la violencia más cruda con una mirada distante que libra sus películas de acentos aleccionadores, esta novela de Escobar, -ganadora del Premio Internacional de Novela Breve Ciudad de Barbastro y seleccionada como finalista del Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana 2015-  es una obra original, escrita con gracia y mirada crítica, que debería captar los ojos de los lectores que buscan opciones interesantes en la narrativa colombiana.

Piedad Bonnett


miércoles, 10 de diciembre de 2014

UNA TRAMA EN LOS BORDES DEL CAMINO


Para el primer número de buensalvaje-Colombia, Rigoberto Gil, profesor de la Universidad Tecnológica de Pereira y reciente ganador del Premio Nacional de Novela de la Universidad de Antioquia, escribió este texto sobre Destinos Intermedios.

Destinos intermedios: una trama en los bordes del camino

Uno de los géneros literarios norteamericanos del siglo XX vinculado con el cine, deriva de aquellas historias cuyos escenarios suelen ser las orillas de las carreteras, con sus lugares de paso: estaciones de gasolina, moteles, estaderos y los grocery store. Me refiero a la literatura On the road: una expresión literaria que privilegia tramas en las márgenes de las carreteras, a partir de las cuales se pone en evidencia el flujo de una microsociedad, clandestina o en camino de serlo, que actúa de espaldas a las reglas generales de un sistema político y social establecido.

Fue quizá Jack Kerouac el que le dio nombre al género, cuando en 1957 publicó su novela On the road. Aunque ya había un gran antecedente: la novela Lolita, publicada por Nabokov en 1955. Esa historia de un hombre mayor y culto, Humbert Humbert, enamorado de una joven, Dolores, que recorre una parte de los Estados Unidos, de motel en motel, viviendo una pasión desbordada que lo arrojará al abismo. En el caso de Kerouac, éste narraba en su obra un largo viaje que su alter ego Sal Paradise, emprendía con sus amigos saliendo de Nueva York y recorriendo parte de las ciudades estadounidenses durante tres años, hasta bajar al Distrito Federal de México. Una ruta que en algún momento recuerda la escogida por Perry Smith y Dick Hickock, los asesinos de la familia Clutter, en la novela de Truman Capote A sangre fría (1966).

De esta bomba de escape, el cine ha sabido sacar provecho al dramatizar los delirios criminales de parejas famosas paranoicas, que convierten el viaje por las márgenes en una experiencia infernal. Recordemos sólo a Clyde Barrow y Bonnie Parker en Bonnie y Clyde (1967); Vincent Vega y Mia Wallace en Pulp Fiction (1994). O el delirio criminal de un asesino solitario como Anton Chigurh en No Country for Old Men (2007) de los hermanos Coen.

La herencia de la literatura On the road y de su estrecho vínculo con el cine de acción, tipo trhiller, se presiente en Destinos intermedios, la última novela de Octavio Escobar Giraldo. Cinéfilo con ojo crítico, proclive a la construcción de historias breves, Escobar privilegia el empleo de diálogos y cuadros próximos, en condensación y liviandad, al guión cinematográfico. Publicada originalmente en Editorial Periférica de España y reeditada ahora por Intermedio Editores en Colombia, Destinos intermedios ubica, en mayor medida, su compleja trama en el norte del Tolima, en la frontera con el departamento de Caldas, una región ganadera, de temperaturas altas, donde poblaciones como Honda, Lérida, La Dorada y Aguasblancas –el espacio propio de la ficción enmarcada por el autor con referentes geográficos reconocibles–, reciben la influencia de una topografía que traza, a la manera de una serpiente gigantesca, el recorrido desganado del río Magdalena: esas aguas que hacen flotar lo peor de nuestra locura colectiva.

Aguasblancas aparece por primera vez en Saide, la novela de corte policíaco que Escobar Giraldo publicó en 1995, al recibir el Premio Nacional de Crónica Negra. Uno de los personajes clave de esta novela, el veterano médico general Díaz-Plaza, se refiere a Aguasblancas como un falso puerto sobre el río Magdalena, próximo al municipio de Honda. Allí la ciudad, según lo observa , “está construida de espaldas al río, empujando la ribera para levantar más casas, más pobreza”. En este lugar intermedio, propicio para albergar narcotraficantes, “fugitivos y buscadores” y “cazadores de dinero”, vivió Saide Malkum, hija de un inmigrante libanés y una colombiana.

Es 1992 en Destinos intermedios. Allí aparece de nuevo Saide, muy joven, con su carácter rebelde. Aguasblancas pertenece al Magdalena Medio, una zona en la mira de la policía y el ejército. En este territorio se encuentra la Hacienda Nápoles, el mayor símbolo del narcotráfico y de una clase emergente con gustos excéntricos. Sólo falta un año para que el cuerpo obeso de Pablo Escobar caiga sobre el tejado en una casa de Medellín. Se respira un aire de guerra en las ciudades. Hay matones a sueldo, con ganas de tachar nombres de sus listas. Hay políticos liados con el narcotráfico. Hay una juventud inerme, que no está exenta de vivir, como en una película de Chuk Norris, las vendettas entre bandas criminales.

Destinos intermedios es la historia trágica de dos chicas de Ibagué, Paula Cristina y Érica, envueltas en una guerra entre dos fuerzas de choque. También es la historia de un asesino a sueldo, El Suave y de Roberto, su hijo enfermo de nefritis; de Jimena Sombras, una cantante popular en declive, alcoholizada, aunque temeraria, amante de un poderoso hombre que inspira temor en la región; de unos médicos, Guillermo Vargas y el doctor Palma, con principios éticos laxos, atrapados en un sistema corrupto que acude a las salas de urgencia a curar o a rematar. Es el registro de la hazaña de Salvador Espejo, un humorista que busca romper su propia marca, al completar una maratón de 50 horas contando chistes por radio, para que su proeza sea registrada en el Guinness Records. También es la historia de su hermano Ángel Espejo, un sanguinario lugarteniente al servicio del narcotráfico. Es, asimismo, la ambigua circunstancia de John Jairo, un matón que ocupa su tiempo en el juego apasionado con una prostituta y el amor resbaladizo, casi violento, con Saide, “la turquita”, una suerte de hermana media de Rosario Tijeras, con las manos más limpias.

Destinos intermedios es, además, la historia de dos espectros, que parecieran mover los hilos invisibles del crimen y la corrupción en una zona intermedia del país: el narcotraficante Jólmer Rivera, testaferro de Pablo Escobar, según se informa en Saide y Román Franco, dueño de un “imperio político”, convertido en un dudoso senador de la república. Las circunstancias de los personajes enunciados están unidas por el azar; pero también por lo que un poder criminal decide en las orillas de las carreteras, mientras los colombianos anónimos encienden la radio para asombrarse de que Salvador Espejo, a pesar de su fatigada voz, insista en contar ese tipo de chiste, contundente en su brevedad, que tanto gusta al colombiano medio.

¿Cómo hacer que tantas historias confluyan en un mismo plano narrativo? La apuesta es difícil y Escobar la sortea bien, empleando para ello un contrapunto que permite no perder de vista el curso gradual de unos destinos cuya convergencia en un escenario crítico, en la línea de Crash o Amores perros, se ofrece al albur, a la casualidad fatídica.

Destinos intermedios delinea la metáfora de los bordes y logra convertir en plot, lo que resulta azaroso en la cotidianidad de un país a expensas de la criminalidad. El trhiller on the road define la línea de la carretera que desemboca en Mariquita; define, asimismo, quién puede seguir imponiendo autoridad ilegal en la región. Los destinos intermedios están en el centro de la fatalidad. El poder oscuro de los políticos regionales, la corrupción que nace al interior de las instituciones del Estado, la lista en la que se tachan nombres, agregan al drama de esta novela, una pizca de misterio a un cuadro de costumbres anómalo, inseguro. 


jueves, 20 de noviembre de 2014

Aproximación a EN ESTA BORRASCA FORMIDABLE



Es lugar común que la novela histórica contemporánea contradice la verdad establecida para proponer las verdades, en plural, y en contradicción con las conveniencias del poder. El escritor argentino Tomás Eloy Martínez lo afirmaba ya en 1986: “La nueva novela latinoamericana propone la esencial ambigüedad de todo acontecimiento real, la posibilidad de que la historia se desmienta infatigablemente a sí misma. Es, como ya he dicho, un duelo de versiones narrativas, una apuesta decisiva sobre quién prevalecerá (como verdad histórica) en la memoria del lector”[i]. Tampoco es novedad afirmar que son ciudadanos comunes y corrientes los que protagonizan dichas revisiones. La estudiosa vasca Biruté Ciplijauskaité explica precisamente que la novela histórica resurgió en los años cincuenta protagonizada por miembros de minorías y seres marginales, abrevando en el inconsciente colectivo y creando, desde la imaginación, mundos abiertos en los que prefiere desarrollar psicologías individuales, paso final en una posible evolución del subgénero. La cito: "Los autores románticos aún creen en y crean héroes; Balzac propone estudiar los grandes movimientos de masas y sus causas socio-económicas; Unamuno insiste en los hechos de la vida cotidiana; los autores actuales se orientan hacia movimientos interiores en la conciencia individual"[ii]. En su recuento menciona como protagonistas de tal renovación a Marguerite Yourcenar y sus Memorias de Adriano de 1951, escrita en primera persona para reforzar el carácter íntimo del relato (La nueva novela histórica europea recurre con frecuencia a la primera persona, particularmente cuando la practican las mujeres), y a Bertold Brecht, quien usa la perspectiva múltiple en su novela póstuma Los asuntos del señor Julio César de 1958, sobre otro emperador romano, mucho más célebre, por demás, en la que incluso voces y costumbres contemporáneas relativizan y desmienten la versión oficial.

En En esta borrasca formidable ese personaje común es absolutamente extraordinario. Apenas mayor de veinte años, virgen, hijo de padre desconocido y la cocinera de un convento de Santa Rosa de Osos, jorobado, con la cadera estropeada, de perfecta dentadura en su feo rostro de zambo, este antioqueño que apenas si conoce los alrededores de su pueblo, consigue a fuerza de constancia y talento dominar varios idiomas y leer y asimilar los conocimientos que almacenan las dos bibliotecas que tiene a su alcance, la de los estantes clericales y la de un libre pensador. Capaz de convertir tal esfuerzo autodidacta en un conjunto orgánico que elimina las contradicciones y sintetiza supuestos principios universales, sus mentores, un sacerdote eudista y un liberal anarquista, lo forman para ser parte de una fantasiosa conspiración que busca transformar la Colombia de 1920. Isidoro Amorocho, un ser lleno de la inocencia de los justos es, en mi opinión, un personaje inolvidable, primo nada lejano de dos entrañables figuras literarias: Jean-Baptiste Grenouille, el protagonista de El perfume (1985) del alemán Patrick Süskind, ampliamente conocida incluso por su versión cinematográfica, y Juanillo Ponce, el narrador de Maluco del uruguayo Napoleón Baccino Ponce de León, la estupenda ganadora del Premio Casa de las Américas de 1989 y en su momento un verdadero hito de la novela histórica hispanoamericana por recrear la inusitada travesía de Fernando de Magallanes desde la óptica del bufón de la flota. ¿Es lícito reconstruir la primera circunvolución del mundo a través de los ojos y el criterio, a todas luces quijotesco, de un payaso? ¿Es lógico reinventar la Francia del siglo XVIII mediante el olfato de fábula de un homicida? ¿Es pertinente pasearse por la Colombia de 1920 a través de los pasos difíciles, deformes de un sabio sin prosapia que se atreve a retar las ignorancias, los prejuicios racistas y clasistas y las imposturas de Germán Arciniegas y Luis López de Mesa? Y una pregunta más: ¿puede ser este personaje la clave para desentrañar las circunstancias que propiciaron el asesinato del general Uribe Uribe?
Hubiera exigido menos habilidades literarias a Philip Potdevin escribir una fantasía que relatara la hipotética presidencia de Uribe Uribe y la transformación que sus ideas radicales obrarían en el país. También le habría sido más fácil desoír los indicios y silenciar los culpables, deteniéndose en el cuadro de costumbres, que realiza con solvencia, o en la hermosa restitución del espíritu de los trece Panidas, a través del verso insurrecto de León de Greiff, que generosamente nos ofrece. Pero Potdevin ha optado por jugársela por una verdad novelesca, tal válida como la histórica y con la contundencia argumental de un hacha. De dos hachas.

Corresponde a nosotros, los lectores, seguir con pasión y rigor las líneas que ha trazado y enfrentar uno más de esos sucesos violentos que cambiaron la historia de nuestro país. El texto de Tomás Eloy Martínez que ya cité, afirma en su primer párrafo que el imperio español prohibió la imaginación en sus dominios y que, por tanto “sólo las verdades absolutas podían ser escritas y leídas (…) y las reflexiones y alabanzas que se ajustaban a la doctrina de la Santa Madre Iglesia. La verdad, como el poder, eran emanaciones de Dios: una y otro se confirmaban mutuamente”, sentencia el escritor argentino.

La Santa Madre Iglesia y el poder. La Santa Madre Iglesia y el poder. La historia está llena de parejas insufribles.

[i]
Martínez, Tomás Eloy. La batalla de las memorias narrativas. Boletín Cultural y Bibliográfico. Banco de la República, vol. XXIII, num. 8, Bogotá, 1986.
[ii]
Ciplijauskaité, Biruté. La novela femenina contemporánea, Anthropos, 1988, página 160.

miércoles, 1 de octubre de 2014

¿HA ESCRITO POESÍA?

Algunos dicen que sí. Una muestra:

Desde que a Rimbaud lo dejó
el bus en Abisinia,
los poetas no tienen apellidos ilustres;
Pérez, Giraldo, Ríos, Sánchez,
como la alineación de un equipo de fútbol.
Pero no lucen apodos
          -el tren, la flecha, el tigre-,
ni una hinchada que los siga:
          Ariadna se quedó en Miami.
Estoy seguro
de que don Ricardo Silva no permitirá que su hijo
José Asunción,
salga a jugar con nosotros.

lunes, 22 de septiembre de 2014

LA FELICIDAD ADENTRO



En el número 15 de Santo & seña. la revista que cada cierto tiempo nos llega del Quindío, publiqué la siguiente reseña sobre el libro YO NO MATE AL PERRITO Y OTROS CUENTOS DE ENEMIGOS, del escritor antioqueño David Betancourt, también autor del volumen BUENOS MUCHACHOS (Universidad de Antioquia, 2011) y del recientemente aparecido UNA CODORNIZ PARA LA QUINCEAÑERA Y OTROS ABSURDOS (2014)


LA FELICIDAD ADENTRO

Es tan raro que un libro de cuentos se reedite, sobre todo en Colombia, que  tal excepción invita de inmediato a la lectura, más si mereció un concurso internacional de escritura creativa, su autor es joven y la reedición fue pronta. Y Yo no maté al perrito y otros cuentos de enemigos no decepciona.  David Betancourt le apuesta a la oralidad, por lo que es probable que algunos críticos digan que es discípulo de la Escuela de Andrés Caicedo, como si el malogrado escritor caleño fuera la única fuente aceptable de esta posibilidad y no existieran Juan Rulfo, Cabrera Infante y Bryce Echenique, como si Umberto Valverde, coterráneo y coetáneo de Caicedo, para movernos poco, no hubiese influido a nadie con su Bombá Camará (México, 1972).
Es posible que David Betancourt sea admirador de nuestro suicida más hábilmente promovido, pero su forma de enfocar los temas es distinta. Aunque también le interesan la juventud y sus costumbres,  y lo que pasa en las calles de la ciudad y cómo hablan sus habitantes, su apego al realismo se orienta más hacia el humor que hacia obsesiones personales focalizadas en la música, las drogas y el cine.  Así sus voces monologantes, las más y las más certeras, incluso cuando las matizan pequeños diálogos, se centran en realidades pequeñas, barriales, en dramas de cuadra, de colegio, de familia, que en varios de los cuentos nos inmiscuyen en la violencia cotidiana de Medellín, al punto que dos de ellos, Último partido y Única oportunidad, muestran el antes y el después de un crimen absurdo, momentos marcados por la adicción al fútbol. La cuidadosa construcción de personajes a través de ritmos narrativos, muletillas, voseo, referencias a la cultura popular, permite a Betancourt enriquecer sus párrafos con observaciones muy agudas sobre nuestra sociedad y sobre la condición humana, que de ninguna manera desentonan. Quizá haya lectores que sientan que las diferentes voces suenan bastante similares y es lógico porque sus dueños son cercanos en edad, origen y experiencias. De otro lado, es una opción perfectamente válida conservar un tono narrativo invariable (Así lo hace Enrique Serrano en su alabado libro La marca de España, de 1997, aunque sus personajes pertenecen a siglos y civilizaciones diversas).
Betancourt también se permite en Detrás de mí un breve esperpento sobre el establecimiento cultural en el que una celebridad literaria de primer orden aburre a un auditorio variopinto que poco a poco deserta. Al final solo el narrador soporta su larguísima conferencia: “El maestro Nichsel me ve y, al no encontrar a nadie, se estriega los ojos con los dedos, con la esperanza de que la gente aparezca. Se le sube la tristeza a la cara, no lo puede creer, tiene ganas de llorar, y con un gesto me pide que lo espere, que no me vaya, me dice que no le huya a la literatura colombiana, que solo le faltan veinte páginas”.
En Yo no maté al perrito y otros cuentos de enemigos caben también otras posibilidades técnicas, y es así como en Abrázame fuerte una narración que alterna la segunda y la tercera persona, nos cuenta la noche de fiesta de una pareja, cada uno con sus propios amigos, con sus propios deseos, con su propia infidelidad, en un juego de espejos que a veces parece producto de los celos, pero que en las últimas cinco palabras, aisladas y escuetas, desprovistas de cualquier énfasis, se revela cierto. Este final, uno de los mejores, contrasta con otros, por fortuna pocos, en los que Betancourt se empeña en sorprender o en conseguir el efecto humorístico.
“En la mañana tenía la felicidad adentro”, escribe Betancourt. Esperemos que su día siga siendo bueno.

jueves, 11 de septiembre de 2014

LAS FRONTERAS

La Fiesta del libro y la cultura 2014 de la ciudad de Medellín tiene como tema central las fronteras. Para una de sus publicaciones, escribí el siguiente texto:

COMPLICIDAD DE LAS FRONTERAS

La palabra frontera evoca hoy en mí la hermosa voz de mi padre, que se gastó contando esas largas historias que construyeron la Colombia del siglo XX. “En el buen sentido de la palabra, bueno”, como calificó Antonio Machado su condición de hombre, trabajó desde la adolescencia, siempre más amigo de la previsión que de la aventura. Cuando su salud se quebró, junto a mi hermana, excelente médica, yo, médico en retirada, luché semana tras semana contra una frontera impuesta a todos los colombianos. Empeñados en vencer un ordenamiento en el que lo más importante es que la ganancia del intermediario se sostenga o crezca, transitamos oficinas, consultorios, hospitales, laboratorios, intentando que una serie de pequeñas decisiones se tomaran a tiempo y de la mejor manera posible. Y tuvimos éxito la mayoría de las veces. Para conseguirlo rogamos, mentimos, adulamos, pedimos favores, abusamos de amigos y conocidos, pagamos cuando teníamos y cuando no teníamos que hacerlo, corrimos, guardamos la rabia tras una sonrisa idiota, insultamos y, una que otra vez, lloramos de impotencia. Descubrimos muchos buenos profesionales de la salud, también algunos que son tan conscientes de que el sistema es corrupto, que obran desde esa corrupción. Desnaturalizada la función del médico, mal pago y trabajando más horas de las que tiene el día para sumar un salario decente, nos dieron recomendaciones y medicamentos para el paciente que no era mi padre, nos hicieron avergonzar de ser médicos y renegar del orgullo ancestral y del canibalismo que nos impiden defender nuestra profesión y la salud de todos.
Esa frontera que traicioneramente llaman “sistema de salud” es muy difícil de vencer y cada derrota que sufríamos acercaba a mi padre a la otra frontera, la definitiva, a esa que la enfermedad y los procesos naturales estaban señalando. Hace dos años fracasamos, una frontera nos arrinconó contra la otra. Hoy sigo creyendo que es injusto y brutal que en Colombia haya que luchar tanto para que alguien, todos, sigamos vivos. Te sacrificas para asegurar un servicio esencial y un trato digno, y terminas recibiendo de poderes que no te reconocen, porque solo reconocen las ganancias, un acto de caritativa soberbia.
En publicaciones de este tipo los escritores solemos ser cultos, ingeniosos, incluso ligeramente frívolos. Sé que sería más elegante hablar de visas y escuelas literarias, me gustaría hacerlo. Pero no, hoy no. Extraño mucho la inteligente sonrisa de mi padre.

jueves, 26 de junio de 2014

Sobre DESTINOS INTERMEDIOS


Destinos nublados

Por Ángel Castaño Guzmán
Papel Salmón, La Patria, 22 de junio de 2014


La narrativa de Octavio Escobar Giraldo (Manizales, 1962) es harto conocida en los programas de literatura de las universidades colombianas. La naturaleza experimental y fragmentaria de El último diario de Tony Flowers (1995) –cuyo protagonista se llama igual al poeta colombo-español Antonio María Flórez, compañero de Escobar Giraldo en la medicina y el baloncesto– y de El álbum de Mónica Pont (2003), llamó la atención de académicos de la talla de Luz Mary Giraldo, Orlando Mejía y Jaime Alejandro Rodríguez. Posmodernidad e influencia mediática son los conceptos repetidos una y otra vez en los estudios sobre la propuesta estética del antiguo cine-clubista. Hasta ahí, nada fuera de lo común. Sin embargo, Escobar Giraldo, en sus dos últimos libros publicados en Colombia, tuvo el acierto no menor de dejar atrás las arandelas conceptuales y volver al tono escritural, acorde con el talante de un ficcionista a centímetros de alcanzar la plena madurez, de Saide (1995), noveleta policiaca que a pesar de haber sido premiada pasó casi sin dejar rastro.

Considero afortunado el cambio de registro por una sencilla razón: Cielo parcialmente nublado (2013) y Destinos intermedios (reeditada en 2014 por Intermedio) dan un paso adelante en el aprovechamiento del universo cinematográfico. El hábil entramado de los diálogos y el montaje –palabra cara para los cineastas– potencian el discurso narrativo. No hay asuntos afines con las anteriores novelas del manizalita. No abordan las obsesiones de escritores excéntricos. Enfrentan con destreza la violencia endémica del país. La primera de una manera que recuerda al Coronel no tiene quien le escriba: no hay un solo tiro en el volumen y sin embargo la bestia condiciona hasta al más pequeño acto. En la segunda sí suenan los balazos. No obstante, son los hechos, no los adjetivos, los encargados de señalar el concubinato de la política con el narcotráfico. Los comentarios de la prensa española a la primera edición de Destinos intermedios resaltan dichas virtudes.

Ni la Violencia bipartidista ni el narcotráfico ni, mucho menos, el binomio insurgencia y paramilitarismo han sido retratados con eficacia histórica y literaria. Han provocado, eso sí, un tsunami bibliográfico de mediana y baja calidad. El oleaje arrastra de todo, desde la exitosa historia en clave de balada de una asesina a sueldo hasta las confesiones de tálamo de las amantes de Pablo Escobar y Carlos Castaño. Quizá el problema radique en la escogencia de los personajes. A lo mejor sea necesario prescindir de capos y maleantes concretos, permitir a la irracionalidad propiciada por el dinero fácil hacer de las suyas en las páginas, tal como lo hace en la Colombia profunda. No lo sé. Al menos esa es la apuesta de Octavio Escobar Giraldo. En las 152 cuartillas de Destinos intermedios la barbarie altera la vida de quienes encuentra en el camino. Algunos la sufren en carne propia: el sino de Paula Cristina y Érica cambia en un parpadeo mientras calman el hambre en un restaurante a borde de carretera. Otros se benefician de ella, trocándose en cómplices inocentes: una intervención quirúrgica, pagada por Ángel Espejo, un traqueto de pistola rápida, salva la vida de la esposa de su hermano, el cuentachistes Salvador Espejo. El narco grande y el cacique político siempre quedan tras bambalinas, mueven los hilos de la vida y la muerte lejos de los reflectores. Se materializan en el fajo de billetes o en la descarga de metralla. Cualquier parecido con la realidad no es coincidencia, y por ello la novela de Octavio Escobar Giraldo merece ser leída.