domingo, 5 de junio de 2011
BREVES DÍAS
Publicada a finales de 2010, esta antología de Gustavo Adolfo Garcés (1957) es una nueva oportunidad para acercarse a una poesía esencial, depuradísima, que siempre busca la precisión, el término y la sintaxis exactos. Titulada como el libro que le mereció el Premio Nacional de Literatura en 1992, incluye poemas de otras cuatro publicaciones -Libro de poemas (1987) , Pequeño reino (1998), Espacios en blanco (2000) y Libreta de apuntes (2006)-, y un apartado con textos inéditos, reunidos bajo la misteriosa enseña de Hasta el fin de los números. Respetuosísimo del oficio, no es extraño que Edgar O´Hara escribiera: "Si hay alguien con madera de seguro artesano es el creador de estos poemas", para referirse a Pequeño reino.
En el agitado panorama lírico colombiano del siglo XXI, tan lleno de brillos y pretensiones, es maravilloso encontrar a alguien que ha hecho de la poesía una discreción. He aquí algunos de sus poemas:
INFANCIA
La infancia
regresa en silencio
siento que me aprietan
las manos de mi padre
DIFICULTADES DE LA POESÍA
La idea era
beber un poco
ponernos alegres
pero nos emborrachamos
en exceso
y lo que hicimos
fue tener una opinión
demasiado buena
de nosotros mismos
MALA ESPINA
Por decir la rosa
sangro y fracaso
con esmero
LAS PALABRAS
¡Ah! las palabras
que se las dan de exactas
las que se sienten
de mejor familia que el silencio
PÁJARO
Aparte
de todo
tiene la virtud
de volar
402
El primer verso no lleva
a ninguna parte
de qué se hace eco
el segundo
el tercero es un límite
que asusta
el cuarto sólo
una pregunta
el quinto cuesta verlo
el sexto se parece
a la soledad
el séptimo y los restantes
son un lugar imaginario
439
Las formas
que no llevan
a la verdad
son la verdad
447
No llega el tren
la luna alumbra
la estación
585
Lo que lleva dentro
son palabras
sabe muchas
pugna por una
872
El verso no es
lo que deseabas decir
tampoco lo que dices
las palabras
a un tiempo arden
y envejecen
936
Palabras
que llegan
después
de un día
oscuro
el poema
Aparte de todo, Gustavo Adolfo Garcés tiene la virtud de defender los derechos humanos en las oficinas de la Procuraduría.
martes, 17 de mayo de 2011
MOULIN ROUGE
Diez años después de su estreno, sigo creyendo que Moulin Rouge (2001), la película de Bazz Luhrmann inspirada en el antiguo mito de Orfeo -y en La traviata de Verdi-, es la verdadera recapitulación de la comedia musical y es, en consecuencia, un clásico de nuestro milenio . El director australiano se sirve de un repertorio de barridos, desenfoques, zooms velocísimos, tomas aéreas y secuencias aceleradas, articulado mediante una edición llena de contrastes –que no oculta su deuda con los videos de Mtv-, para crear un espectáculo audiovisual ecléctico, posmoderno, en el que campean el pluriculturalismo en su más amplia acepción y una tendencia facsimilar, nostálgica pero también irónica, que toma piezas musicales de diversos orígenes: Phil Collins, Kiss, Sweet, Elton John, David Bowie, Queen, Nirvana, una canción de The Sound of Music (1965), otra de An Officer and a Gentleman (1982), y algunas más, para producir una especie de ópera pop tan abigarrada y vertiginosa como Romeo y Julieta, su trabajo de 1996, pero más afortunada.
Extendiendo hacia Nicole Kidman el artificial parentesco de Madonna con Marilyn Monroe, la película gira alrededor de una figura femenina que obvia su drama personal cuando tropieza con el amor, encarnado por el actor Ewan McGregor. Ambiciosa y ligera en la misma medida, oscilando constantemente entre la comedia y la tragedia, homenaje y renovación de un género clásico, Moulin Rouge es una propuesta fílmica muy contemporánea, llena de referencias para el espectador atento. Siempre que la pasan en alguno de los canales del cable termino viéndola, y esto no ocurre solamente porque en muy pocas oportunidades se ha registrado el rostro de Nicole Kidman con tanta delicadeza (Donald McAlpine).
Extendiendo hacia Nicole Kidman el artificial parentesco de Madonna con Marilyn Monroe, la película gira alrededor de una figura femenina que obvia su drama personal cuando tropieza con el amor, encarnado por el actor Ewan McGregor. Ambiciosa y ligera en la misma medida, oscilando constantemente entre la comedia y la tragedia, homenaje y renovación de un género clásico, Moulin Rouge es una propuesta fílmica muy contemporánea, llena de referencias para el espectador atento. Siempre que la pasan en alguno de los canales del cable termino viéndola, y esto no ocurre solamente porque en muy pocas oportunidades se ha registrado el rostro de Nicole Kidman con tanta delicadeza (Donald McAlpine).
jueves, 28 de abril de 2011
HOTEL EN SHANGRI-LÁ
La editorial independiente La pluma de Mompox ha reunido 65 libros de todos los géneros en la colección Voces del fuego. Testigos del Bicentenario, una iniciativa casi increíble que debe ser el gran suceso de la próxima Feria del Libro de Bogotá, y un llamado de atención para las multinacionales del libro, cada vez más timoratas. Participo en ella con Hotel en Shangri-Lá, Premio Nacional de Cuento de la Universidad de Antioquia en 2002. Les comparto la carátula y algunos comentarios.
El megacentro comercial de Hotel en Shangri-Lá es al mismo tiempo parque de atracciones y prisión, brillo consumista y aturdimiento existencial. Pero dentro de la maquinaria de cartón piedra y plástico pululan todavía pasiones y frustraciones, atrocidades y esperanzas de sangre y sueños. Los personajes que emigran de un relato a otro y sus diálogos que oscilan entre el vacío y la sorpresa guían al lector, cual cautelosa brújula, por este mar lleno de despojos del pasado y fragmentos a menudo incoherentes de globalización, referencias cinematográficas y relampagueos irónicos.
El bello título se puede interpretar de distintas formas, una de las cuales es: en la felicidad siempre somos pasajeros de tránsito. Y encima a veces ni siquiera nos damos cuenta. He aquí el difícil e incierto escenario elegido por Octavio Escobar en una obra que representa una nueva etapa en su sólida trayectoria, confirmando la vigencia de su pluma como una de las propuestas narrativas más intrigantes del panorama colombiano actual.
Danilo Manera. Universidad de Milán
En Colombia los buenos libros de cuentos son escasos. Por lo regular los escritores reúnen historias de tonalidades y temáticas diversas, con la esperanza de que el número de páginas y el artificio tipógráfico resuelvan las exigencias de la unidad. Por eso es muy saludable encontrar un texto como Hotel en Shangri-Lá, merecedor del Premio de la Universidad de Antioquia en el año 2002.
El autor, Octavio Escobar Giraldo (Manizales, 1962), es quizás uno de los escritores más discretos, más premiados y también más audaces de la llamada, pomposamente, nueva literatura colombiana. En sus breves textos -El álbum de Mónica Pont (Premio de Novela José Eustasio Rivera, 2003) y Saide (Premio Nacional de Novela Negra, 1995)- ha logrado un certero equilibrio entre dudosos, y tal vez inexistentes, pormenores de una historia y la dosificada experimentación formal. En otros, como De música ligera, se leen dos o tres cuentos verdaderamente antológicos, suficientes para ganar el Premio del Ministerio de Cultura en 1998.
Con una técnica contenida -demasiado convencional dirán algunos-, Hotel en Shangri-Lá reúne seis historias atravesadas por el eje común de una atmósfera, unas imágenes y unos cuantos fragmentos de vidas a medias, que se entrecruzan en el Megacentro Babilonia, alegoría del mundo globalizado, instantáneo, desechable y literario escenario donde los personajes consumen por igual la gonorrea y la hamburguesa. La sencillez y aparente facilidad de los diálogos y las situaciones esconde un trabajo de orfebrería, una voluntad del narrador -no siempre alcanzada-, de diferenciarse de sus personajes.
Cierto: algunos cuentos son mejores que otros y los escasos guiños técnicos a Raymond Carver podrían eludirse. Pero por fortuna no estamos ante un autor higiénico y Escobar Giraldo tiene los saludables defectos de todo buen escritor, virtud de la que algunos carecen,
Es un lugar común -y también una estupidez contemporánea- creer que Escobar Giraldo sólo será un buen escritor en la medida que nos despache sucesivas y voluminosas novelas... Bastan sus cuentos y sus breves novelas que acaso merezcan algo más que los abrumadores premios.
Pedro Badrán Padauí. Semana Libros
Cuando un escritor gana un solo concurso deja la sensación de que es como si hubiera resultado elegido por el azar dentro de esa cierta ruleta que son los premios, pero cuando gana tantos, en diferentes lugares y con jueces tan disímiles, es porque algo bueno tiene que tener, sin duda.
Y lo tiene, como por ejemplo un impecable manejo de la oralidad y un uso efectivo de las estructuras narrativas. Escobar es lo que algunos llamarían un escritor posmoderno, en cuyos textos la sensación de desasosiego, el escepticismo, la hibridación de géneros, la vida insular, lo trivial y lo inmediato son elementos notables. Todo esto sumergido dentro de ambientes en los que la música ligera, el hiperritmo de la publicidad, el cine barato, el zapping, el shoping, el fast food, la internet, el MTV, entre otros elementos que terminaron volviéndose cotidianos en la era global, son característicos.
Comparte, pues, esa literatura bastarda parecida, en su propuesta y ciertos temas, a la de Alberto Fuguet y otros escritores latinoamericanos que se clasificaron bajo el rótulo del McOndo: escritores alejados de realismos mágicos y de compromisos políticos, así como intentos de renovación histórica; escritores complemente urbanos, de una nueva moral y sensibilidad.
Hotel en Shangri-Lá podría ser, entonces, una miestra de todo esto. Se trata de seis relatos en los que los personajes comparten un mismo ambiente: un megacentro comercial y un hipermercado en el que el consumo desmedido, la publicidad y los medios electrónicos saltan a la vista. Asimismo, aunque cada relato puede leerse como una historia independiente y con una intención concreta, también cada uno complementa al otro, le suma elementos para crear un conjunto en el que todos los cuentos se necesitan, los personajes van de uno a otro, haciendo cada vez más difícil la calificación del libro como una de cuentos, pues también podría leerse como una novela. La narración, a su vez, mantiene un tono parejo y cierta coherencia de estilo. También está, como se dijo, una misma visión de mundo: el escepticismo, lo insular, el dinero como felicidad, el consumo, la apatía ante ciertos problemas. Ya no es esa violencia campesina la que toca, es otra violencia, sicarial, metida en las ciudades, la que está presente. Ya no es la preocupación por lo que hay afuera, es el vacío interior, el egoísmo del "sálvese quien pueda". Temas que se hacen presentes en el libro, escondidos entre diálogos cotidianos, situaciones tan corrientes que parecerían absurdas.
Hotel en Shangri-Lá es, pues, como lo calificó el escritor medellinense César Alzate, "una metáfora de la contemporaneidad", en la que lo liviano y lo cotidiano están presentes y no se vislumbran dejos de realismos mágicos. Es, más bien, otra escritura para revelar nuevas preocupaciones existenciales, otra forma de vida en la que lo aparentemente banal esconde una nueva mirada, convirtiendo a la obra en un reflejo de esta otra cara que ha terminado por tomar este mundo.
J.C. Jaramillo. Pie de página
Hotel en Shangri-Lá es aún más atractiva en la línea de mostrar la otra Colombia, porque a la vez engancha con un escenario más universal, lo que acá conocemos como mall y en Colombia se llama megacentro. Sí, en torno al Megacentro Babilonia con sus cines, tiendas y el hipermercado –El-Hip, con el símbolo de un hipopótamo- giran los seis cuentos de este breve libro, con personajes que protagonizan alguno para reaparecer luego como secundarios, historias que se entrelazan de manera sutil y que conviene leer en el orden propuesto por el autor; en ese sentido, uno podría entender que el libro, más que una colección de cuentos, es una extraña forma de novela, puesto que además el último relato, si bien es el más desgajado de las temáticas del resto, aparece también como un cierre perfecto para todas las historias. Allí, en el último, asoman también la violencia y el terrorismo, pero desde una mirada que no explica ni justifica ni racionaliza, sino que enfoca los hechos desde –una vez más- la vida cotidiana de los personajes. La rebeldía ecológica de una hija poco más que adolescente y su relación de amor-odio con su hermana menor, una pareja mal avenida, los premios que entrega El-Hip a la compra número cien mil, un administrador de bares que los cierra y huye cada vez que le va mal en una relación amorosa, un vendedor con una fantástica memoria para la trivia que es confundido con un psiquiatra: allí está parte del universo de estos cuentos que ojalá, ojalá, alguna editorial de distribución regional rescate y ponga en circulación para muchos más lectores. Escobar Giraldo se lo merece.
Rodrigo Pinto. Post (Chile)
El megacentro comercial de Hotel en Shangri-Lá es al mismo tiempo parque de atracciones y prisión, brillo consumista y aturdimiento existencial. Pero dentro de la maquinaria de cartón piedra y plástico pululan todavía pasiones y frustraciones, atrocidades y esperanzas de sangre y sueños. Los personajes que emigran de un relato a otro y sus diálogos que oscilan entre el vacío y la sorpresa guían al lector, cual cautelosa brújula, por este mar lleno de despojos del pasado y fragmentos a menudo incoherentes de globalización, referencias cinematográficas y relampagueos irónicos.
El bello título se puede interpretar de distintas formas, una de las cuales es: en la felicidad siempre somos pasajeros de tránsito. Y encima a veces ni siquiera nos damos cuenta. He aquí el difícil e incierto escenario elegido por Octavio Escobar en una obra que representa una nueva etapa en su sólida trayectoria, confirmando la vigencia de su pluma como una de las propuestas narrativas más intrigantes del panorama colombiano actual.
Danilo Manera. Universidad de Milán
En Colombia los buenos libros de cuentos son escasos. Por lo regular los escritores reúnen historias de tonalidades y temáticas diversas, con la esperanza de que el número de páginas y el artificio tipógráfico resuelvan las exigencias de la unidad. Por eso es muy saludable encontrar un texto como Hotel en Shangri-Lá, merecedor del Premio de la Universidad de Antioquia en el año 2002.
El autor, Octavio Escobar Giraldo (Manizales, 1962), es quizás uno de los escritores más discretos, más premiados y también más audaces de la llamada, pomposamente, nueva literatura colombiana. En sus breves textos -El álbum de Mónica Pont (Premio de Novela José Eustasio Rivera, 2003) y Saide (Premio Nacional de Novela Negra, 1995)- ha logrado un certero equilibrio entre dudosos, y tal vez inexistentes, pormenores de una historia y la dosificada experimentación formal. En otros, como De música ligera, se leen dos o tres cuentos verdaderamente antológicos, suficientes para ganar el Premio del Ministerio de Cultura en 1998.
Con una técnica contenida -demasiado convencional dirán algunos-, Hotel en Shangri-Lá reúne seis historias atravesadas por el eje común de una atmósfera, unas imágenes y unos cuantos fragmentos de vidas a medias, que se entrecruzan en el Megacentro Babilonia, alegoría del mundo globalizado, instantáneo, desechable y literario escenario donde los personajes consumen por igual la gonorrea y la hamburguesa. La sencillez y aparente facilidad de los diálogos y las situaciones esconde un trabajo de orfebrería, una voluntad del narrador -no siempre alcanzada-, de diferenciarse de sus personajes.
Cierto: algunos cuentos son mejores que otros y los escasos guiños técnicos a Raymond Carver podrían eludirse. Pero por fortuna no estamos ante un autor higiénico y Escobar Giraldo tiene los saludables defectos de todo buen escritor, virtud de la que algunos carecen,
Es un lugar común -y también una estupidez contemporánea- creer que Escobar Giraldo sólo será un buen escritor en la medida que nos despache sucesivas y voluminosas novelas... Bastan sus cuentos y sus breves novelas que acaso merezcan algo más que los abrumadores premios.
Pedro Badrán Padauí. Semana Libros
Cuando un escritor gana un solo concurso deja la sensación de que es como si hubiera resultado elegido por el azar dentro de esa cierta ruleta que son los premios, pero cuando gana tantos, en diferentes lugares y con jueces tan disímiles, es porque algo bueno tiene que tener, sin duda.
Y lo tiene, como por ejemplo un impecable manejo de la oralidad y un uso efectivo de las estructuras narrativas. Escobar es lo que algunos llamarían un escritor posmoderno, en cuyos textos la sensación de desasosiego, el escepticismo, la hibridación de géneros, la vida insular, lo trivial y lo inmediato son elementos notables. Todo esto sumergido dentro de ambientes en los que la música ligera, el hiperritmo de la publicidad, el cine barato, el zapping, el shoping, el fast food, la internet, el MTV, entre otros elementos que terminaron volviéndose cotidianos en la era global, son característicos.
Comparte, pues, esa literatura bastarda parecida, en su propuesta y ciertos temas, a la de Alberto Fuguet y otros escritores latinoamericanos que se clasificaron bajo el rótulo del McOndo: escritores alejados de realismos mágicos y de compromisos políticos, así como intentos de renovación histórica; escritores complemente urbanos, de una nueva moral y sensibilidad.
Hotel en Shangri-Lá podría ser, entonces, una miestra de todo esto. Se trata de seis relatos en los que los personajes comparten un mismo ambiente: un megacentro comercial y un hipermercado en el que el consumo desmedido, la publicidad y los medios electrónicos saltan a la vista. Asimismo, aunque cada relato puede leerse como una historia independiente y con una intención concreta, también cada uno complementa al otro, le suma elementos para crear un conjunto en el que todos los cuentos se necesitan, los personajes van de uno a otro, haciendo cada vez más difícil la calificación del libro como una de cuentos, pues también podría leerse como una novela. La narración, a su vez, mantiene un tono parejo y cierta coherencia de estilo. También está, como se dijo, una misma visión de mundo: el escepticismo, lo insular, el dinero como felicidad, el consumo, la apatía ante ciertos problemas. Ya no es esa violencia campesina la que toca, es otra violencia, sicarial, metida en las ciudades, la que está presente. Ya no es la preocupación por lo que hay afuera, es el vacío interior, el egoísmo del "sálvese quien pueda". Temas que se hacen presentes en el libro, escondidos entre diálogos cotidianos, situaciones tan corrientes que parecerían absurdas.
Hotel en Shangri-Lá es, pues, como lo calificó el escritor medellinense César Alzate, "una metáfora de la contemporaneidad", en la que lo liviano y lo cotidiano están presentes y no se vislumbran dejos de realismos mágicos. Es, más bien, otra escritura para revelar nuevas preocupaciones existenciales, otra forma de vida en la que lo aparentemente banal esconde una nueva mirada, convirtiendo a la obra en un reflejo de esta otra cara que ha terminado por tomar este mundo.
J.C. Jaramillo. Pie de página
Hotel en Shangri-Lá es aún más atractiva en la línea de mostrar la otra Colombia, porque a la vez engancha con un escenario más universal, lo que acá conocemos como mall y en Colombia se llama megacentro. Sí, en torno al Megacentro Babilonia con sus cines, tiendas y el hipermercado –El-Hip, con el símbolo de un hipopótamo- giran los seis cuentos de este breve libro, con personajes que protagonizan alguno para reaparecer luego como secundarios, historias que se entrelazan de manera sutil y que conviene leer en el orden propuesto por el autor; en ese sentido, uno podría entender que el libro, más que una colección de cuentos, es una extraña forma de novela, puesto que además el último relato, si bien es el más desgajado de las temáticas del resto, aparece también como un cierre perfecto para todas las historias. Allí, en el último, asoman también la violencia y el terrorismo, pero desde una mirada que no explica ni justifica ni racionaliza, sino que enfoca los hechos desde –una vez más- la vida cotidiana de los personajes. La rebeldía ecológica de una hija poco más que adolescente y su relación de amor-odio con su hermana menor, una pareja mal avenida, los premios que entrega El-Hip a la compra número cien mil, un administrador de bares que los cierra y huye cada vez que le va mal en una relación amorosa, un vendedor con una fantástica memoria para la trivia que es confundido con un psiquiatra: allí está parte del universo de estos cuentos que ojalá, ojalá, alguna editorial de distribución regional rescate y ponga en circulación para muchos más lectores. Escobar Giraldo se lo merece.
Rodrigo Pinto. Post (Chile)
martes, 19 de abril de 2011
APOSTILLA AL CAPÍTULO IX
El hombre llegó al poblado arrastrando los pies, con el alma en otra parte. Un par de campesinas avejentadas, viudas de dos hermanos, lo acostaron en un rincón de su casa e hicieron cuanto pudieron para proporcionarle una muerte cómoda. Alguien le había machacado la cabeza, desorbitándole los ojos. Llevada por la piedad, Aldonza, la hija de Lorenzo Corchuelo, lo aseaba todas las mañanas y con miles de maniobras y llamados conseguía hacerle comer. Mientras las semanas de su agonía se alargaban, los vecinos pasaban a mirarlo y aventuraban teorías sobre su origen. Por su perfil y sus ropas concluyeron que provenía de tierras vascongadas.
Murió una tarde y fue velado como cualquier cristiano viejo. Unos pocos, Aldonza entre ellos, llevaron su cadáver al campo santo. Ese día el cura también presidio las exequias de un hidalgo muy amigo suyo, don Alonso Quijano.
sábado, 26 de marzo de 2011
viernes, 18 de marzo de 2011
TERRITORIOS DE RIGOBERTO GIL
Amparado por un concepto generoso del ensayo, Territorios de Rigoberto Gil Montoya (Ediciones sin nombre, 2010) está dividido en tres partes que implican temas generales, un abordaje de la literatura regional y una serie de reflexiones sobre su propio quehacer como narrador e intelectual. La escritura, como felicidad problemática, es inicialmente discutida en su esencia y en su interacción con la internet, también como viaje y como alternativa entre lo culto y lo popular, para enseguida mostrarse en un sesudo y necesario recorrido por la cuentística del área cafetera colombiana y, como no, en la semblanza y la crítica de tres figuras principales de la cultura regional: la novelista Alba Lucía Ángel -uno de los mejores textos del libro-, el cronista Hugo Ángel Jaramillo y el médico y escritor Orlando Mejía Rivera. La última parte, Territorio de sí mismo, aborda las realidades de Gil Montoya como novelista, cuentista y profesor universitario, y un entrañable recuerdo de la educación sentimental que le representó Sandro de América. Cruzados por nombres tan diversos como Ringo, Osorio Lizarazo, Condorito, Ricardo Piglia, Adalberto Agudelo, Jean Paul Sartre, Benjamin, Mempo Giardinelli, Borges, Rulfo, Gay Talese, Barthes y el propio Sandro, estos ensayos se sustentan en un amplio y variopinto tejido de referencias, con el que Gil Montoya procede como lo hace su padre: "Cuando pienso en un oficio me invade de imediato la imagen de mi padre sastre. Caigo en la cuenta de que llevo toda mi vida viéndolo sentado frente a su máquina de coser, tras su cuerpo encorvado y sus gafas con montura torcida. De unos años para acá se vio precisado a usar gafas para enhebrar las agujas punto de oro catorce y juntar con delgados hilos, al ritmo del motor de su máquina Singer, ese complejo mapa de líneas, diagonales y curvaturas que previamente ha trazado sobre la tela".
Vale la pena destacar cual hilos sueltos, algunas citas de este placentero cajón de sastre:
La escritura es un territorio del deseo v la confrontación, un mundo posible y acaso la actitud de la que nace una apuesta por la trascendencia (...) Un territorio cuyos límites se determinan en la memoria de los otros.
¿Se presta el escritor a imponer o apoyar un orden para solaz del establishment que busca fortalecerse en una suma de discursos de la que se apropia y a través de la cual rige, adiestra, desecha y expulsa, deseoso como está de manipular miradas y de controlar debates?
Si la Internet navega la información necesaria para apoyar una exposición, ¿qué anacrónico interés me incita a dejar la comodidad de mi cuarto? (...) Gustavo (Colorado) lo supo decir mejor: una cosa es la experiencia, el saber, y otra muy distinta la información, el cúmulo de unos datos destinados al olvido. No sé si la experiencia me hace mejor lector; lo único que sé es que me hace más feliz.
El peso de la realidad le da mayor impacto al relato, lo llena de sentido y lo torna ambigua; no por eso pretendo defender la manida idea de que el hecho literario refleja la realidad. El relato construye una segunda realidad y a partir de ella la realidad misma se presenta distinta a nuestros ojos.
No todo lo que brilla es literatura, como no todo lo que es literatura deviene memorable.
¿Qué diferencia a la literatura de otros discursos o disciplinas? En primer lugar su inutilidad. Lo literario no pretende enseñar ni catequizar ni moralizar ni salvar (...) Saber de la inutilidad de la literatura hace leve al lector, lo aleja de muchos prejuicios (...) En la inutilidad del arte se revela el misterio, como en la mentira de la ficción, se revelan las verdades.
La obra narrativa de Rigoberto Gil Montoya (La Virginia, Colombia, 1966) la componen las novelas El laberinto de las secretas angustias (1992), Perros de paja (2000) y Plop (2004) y los libros de cuento La urbanidad de las especies (1996) y Retazos de ciudad (2002) También es autor del libro de ensayos Guía del paseante (2005).
Vale la pena destacar cual hilos sueltos, algunas citas de este placentero cajón de sastre:
La escritura es un territorio del deseo v la confrontación, un mundo posible y acaso la actitud de la que nace una apuesta por la trascendencia (...) Un territorio cuyos límites se determinan en la memoria de los otros.
¿Se presta el escritor a imponer o apoyar un orden para solaz del establishment que busca fortalecerse en una suma de discursos de la que se apropia y a través de la cual rige, adiestra, desecha y expulsa, deseoso como está de manipular miradas y de controlar debates?
Si la Internet navega la información necesaria para apoyar una exposición, ¿qué anacrónico interés me incita a dejar la comodidad de mi cuarto? (...) Gustavo (Colorado) lo supo decir mejor: una cosa es la experiencia, el saber, y otra muy distinta la información, el cúmulo de unos datos destinados al olvido. No sé si la experiencia me hace mejor lector; lo único que sé es que me hace más feliz.
El peso de la realidad le da mayor impacto al relato, lo llena de sentido y lo torna ambigua; no por eso pretendo defender la manida idea de que el hecho literario refleja la realidad. El relato construye una segunda realidad y a partir de ella la realidad misma se presenta distinta a nuestros ojos.
No todo lo que brilla es literatura, como no todo lo que es literatura deviene memorable.
¿Qué diferencia a la literatura de otros discursos o disciplinas? En primer lugar su inutilidad. Lo literario no pretende enseñar ni catequizar ni moralizar ni salvar (...) Saber de la inutilidad de la literatura hace leve al lector, lo aleja de muchos prejuicios (...) En la inutilidad del arte se revela el misterio, como en la mentira de la ficción, se revelan las verdades.
La obra narrativa de Rigoberto Gil Montoya (La Virginia, Colombia, 1966) la componen las novelas El laberinto de las secretas angustias (1992), Perros de paja (2000) y Plop (2004) y los libros de cuento La urbanidad de las especies (1996) y Retazos de ciudad (2002) También es autor del libro de ensayos Guía del paseante (2005).
miércoles, 9 de marzo de 2011
TONY FLOWERS EN EL GUGGENHEIM
El pasado 8 de marzo un público disímil y entusiasta se dio cita en uno de las salones del museo Guggenheim de Nueva York para recordar a Tony Flowers y festejar, treinta años después, la aparición de su Último diario, a través de una edición facsimilar, acompañada de material crítico y documentos varios.
Diego Arzate, exiliado cubano y editor de Lorca, una revista literaria independiente, relató sus encuentros durante los últimos meses de vida del malogrado escritor, resaltando la singularidad de su obra póstuma, confirmada por Raymond L. Williams, de la Universidad de California (Riverside), quien partió de la reñida votación en la que Flowers perdió el National Book Award de 1979 con Going After Cacciato de Tim O´Brien, para señalar sus rasgos postmodernos. También se recordó a Miriam Stein, la primera editora de Flowers, recientemente fallecida, y al tristemente célebre William A. Spielmann, responsable de que los libros de Flowers permanecieran fuera de las librerías durante la década de los ochenta del siglo pasado. Liliam P. Rivers, profesora de Literatura Comparada de la Universidad de Connecticut, atribuyó a las lecturas de H.P. Lovecraft la misoginia de los personajes masculinos de Flowers, en tanto el influjo de sus novelas en la nueva generación de narradores hispanoamericanos fue tema de J. Alejandro Rodríguez de la Universidad de Bogotá (Colombia). La socorrida tesis de sus cercanías formales y temáticas con Hemingway, Graham Greene y Frederick Forsyth, la Nueva York de la década de los setenta y la década en general, también fueron motivos de disertación, aunque muchos simplemente recorrieron la extensa galería fotográfica o se acercaron a pedir un autógrafo a Debra Jo Fondren, Playmate de 1978 y presunta amante de Flowers durante un corto período, hoy directora de casting de varias productoras cinematográficas y una de las invitadas al evento.
La única conclusión posible es que Tony Flowers volvió para quedarse y las anunciadas nuevas ediciones de sus libros recuperarán para el público a un escritor tan propio de su tiempo como Truman Capote o Andy Warhol, una figura que pertenece con propiedad al universo de las letras aunque lo tentara tanto el mundillo de la frivolidad.
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