jueves, 6 de diciembre de 2012

POEMAS DE FELIPE GARCÍA QUINTERO



Desde que Felipe García Quintero (1973) alcanzó el Premio Internacional "Pablo Neruda" apenas comenzando el milenio, quedó claro que un gran poeta escribía desde la periferia, alejado de los centros literarios del país y de sus camarillas. Desde entonces ha publicado sus libros en Colombia, Venezuela y España, ha compartido el Premio Nacional de Literatura del Ministerio de Cultura y ha ejercido la docencia universitaria en la Universidad de Cauca. Creador y director de una revista ejemplar, Ophelia, por ahora en pausa, en los últimos meses volvió a demostrar su incuestionable talento al ganar varios concursos, entre ellos el Eduardo Cote Lamus, uno de los más importantes del país, concedido a Terral por un jurado compuesto por Juan Manuel Roca, Antonio María Flórez y Manuel Iván Urbina.
Los siguientes poemas pertenecen al mencionado libro.



LA VACA


Bosteza la vaca de ojos mansos.
La hierba cómo abriga.

Sobre su lomo latente la garza
camina y camina.

El silencio cuánto espera
si en la tarde se detiene el viento del sueño
y las nubes se espabilan.

El sol de mis cenizas abraza el sosiego.

  



CABALLO



Como la sombra pasta luz de la distancia, el alto cielo se entrega al vocablo que abreva en la mirada.

La hierba paciente bajo los cascos del caballo hace compañía al viento solitario.

Sitia la lejanía sus visiones y comienza el fuego por venir con el murmullo de los pájaros al alba, ese aire tardo de la arbolada.

Lo que tanto camina la montaña de entonces es el silencio próximo de la mañana.


  


LA PIEDRA



Le fue dado un rostro a la piedra
porque el cielo reposa en ella.

El río la escucha si el viento le conversa.

Del horizonte despierta la sombra,
y con la voz de los pasos la piedra se aleja.

Un pájaro silente en sus alas la lleva.





LA TARDE



Rigor del aire la montaña erguida de la tarde; la espina en la mano solitaria es la distancia.

Así por siempre la desnudez del cielo, con la piedra, su vigilia y voz lejanas, quedan como pasos de otras tantas ramas.

Ante el muro arde la blanca línea del paisaje.

Tan próxima la flor del latido que oculta la hierba del aliento reverdece.

Rostro de la sombra es también la mirada, el goteo incierto de la luz exacta.

Ya en el corazón del latido asomará la mañana.


  


AL SOL



Pocas letras tiene el cuerpo a su lado
para decir la luz de todo lo mirado.

Cuánto olvido en la mano se inclina
si callada en la noche la sombra camina.

Como el árbol sin ser más visto crece
por siempre en lo que ahora perece.

La flor que aún no brota del aliento
es agua que todavía no bebe el viento.

La mañana libre y solitaria clama
a la hierba el leño del sol en su rama.

Mar del aire y en el cielo empezando a latir
el corazón de bajeles cruza un solo sentir.

Si la sombra del sol fue la última semilla
la mirada deja en el rostro del río otra orilla.

Del polvo es el comienzo de todo vuelo
la ceniza que abriga la voz del consuelo.

Y para lo pequeño del nombre está el rayo
si el sol de la tarde ilumina lo que callo.

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